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Mohamadou Diop, del Club de Regatas, ensaya una clavada frente al mar. El próximo año será tal vez el
último del senegalés en la Liga de Lima, porque espera migrar a una liga más competitiva. La NBA, tal vez.

Basquebolistas extranjeros en el Perú
Lima rebota alto

La liga de básquetbol de Lima, cuya existencia muchos ignoraban, se ha convertido en un espectáculo fascinante con la llegada de jugadores profesionales extranjeros. El peculiar suceso tiene como protagonistas a jugadores de los Estados Unidos, Senegal, Canadá y Argentina, y le ha puesto una cuota picante al básquet nacional. Actualmente, se juegan los play offs en el Colegio Inmaculada, de donde saldrá el campeón.

Mohamadou Diop es el nombre de la estrella del equipo de básquetbol del Club de Regatas. Mide 1.98 metros y tiene la piel tan oscura como el café. Sus piernas son delgadas y sus manos parecen dos arañas patilargas. Camina por las instalaciones del club, donde vive y entrena desde el 2006 –año en que fue contratado–, entre los saludos de los socios que ya lo conocen y la sorpresa de quienes no. “Hey!”, “!Felicitaciones, oye!”, “¿Te lastimaste en el último partido?”, lo abordan varios. “Where are you from?”, le dice una señora que lo inspecciona de abajo para arriba y termina con la mirada en dirección al cielo. “África”, responde sonriente Diop.
El Club de Regatas viene monopolizando la liga desde hace años. Ya lleva ganados tres campeonatos consecutivos y para fin de año puede lograr el cuarto. “El Real Club es el que más problemas nos dio, a pesar de que perdimos contra el Inmaculada”, cuenta el senegalés en un muy buen castellano. Ya ha terminado la segunda rueda y el Club de Regatas quedó primero con 35 puntos, segundo el Real Club de Lima, con 32, y tercero el Inmaculada, con 31. Ahora se juegan los play offs que decidirán al campeón. No muchos sabían de la existencia de esta liga, por lo menos hasta hace poco, cuando como por obra de algún dios surrealista, el campeonato se empezó a llenar de jugadores profesionales de ligas mucho más competitivas. El Real Club se trajo a dos jóvenes jugadores de Baltimore, Estados Unidos; el Inmaculada, a un experimentado argentino; la Universidad de San Marcos, a un japonés y dos norteamericanos; el Centro Naval, a otros dos norteamericanos, y el Real Amistad, a un canadiense de ascendencia jamaiquina. Así, la liga de Lima de pronto tuvo sabor a NBA.

PUNTO PERUANO
El básquet no es un deporte en que el Perú haya destacado. Uno de nuestros mayores logros se dio en 1964, cuando Ricardo Duarte, en las Olimpiadas de Tokio, se convirtió en el mayor anotador de la competencia (“scorer”), con 212 puntos. En esos años el Perú tenía una selección que podía mantenerse a la mitad de la tabla –a nivel sudamericano– sencillamente porque el nivel competitivo del continente era totalmente amateur. Según Víctor Laines, presidente de la Liga de Lima y de la Federación Nacional de Básquetbol del Perú, la gran brecha se abrió en la década de los ochenta, cuando ligas como la de Argentina, Brasil y Venezuela empezaron a profesionalizarse, mientras que el Perú nunca llegó a dar ese paso.
La última vez que el Perú compitió en una copa del mundo fue en 1967, y quedó en décimo lugar; mientras que la única vez que el Perú quedó primero en el campeonato sudamericano fue en 1938. Después, nada que mencionar.
Sin embargo, ha pasado algo extraño en las últimas semanas. La liga tiene 10 extranjeros profesionales que la han vuelto más atractiva que nunca. Junto con su llegada, los encuentros se han empezado a transmitir por la televisión y la asistencia de público a los partidos se ha triplicado. Pero, ¿quién viene a jugar al Perú cuando pueden jugar en ligas más competitivas, ganar mejores sueldos y proveerse de un mejor currículum?

LA LIGA EN LA TELE
“Se conversó con todos los equipos, porque si no estábamos de acuerdo, nunca íbamos a llegar a nada”, explica Laines en relación con los cambios que ha logrado durante su mandato. “Se modificó la estructura del campeonato, porque antes, a mitad de año, ya se sabía quién iba a ser campeón. Ahora se juega un ‘todos contra todos’ en la primera mitad del año, y otro en la segunda mitad. Los dos últimos equipos se van a la baja mientras que los ocho restantes juegan los play offs, un torneo a fin de año de donde sale el campeón”, finaliza.
Según Laines, ahora los equipos pueden hacer contratos por dos meses en lugar de por seis, haciendo más viable las contrataciones de jugadores extranjeros, cosa que no podían hacer antes debido al bajo presupuesto de los equipos. Por otro lado, al haber firmado un contrato con el canal CMD, el campeonato ahora se transmite por televisión y resulta una ventana interesante para posibles auspiciadores, más ahora que hay figuras profesionales. “Acá siguen pensando que para tener un campeonato hay que pedirle plata al Gobierno. Ninguna liga decente en el mundo funciona así. Las mejores funcionan con capital privado”, asegura Laines.

EX GLOBE TROTTER
Entre las figuras más interesantes del campeonato local se encuentran Eric Cheers, quien jugó esta temporada por el Centro Naval, y Mauricio Bertramella, argentino considerado la mente fría del joven equipo del Inmaculada. Ambos son los jugadores más experimentados de la Liga de Lima.
Cheers, de 39 años, llegó al Perú porque la temporada mexicana terminó y tenía tres meses libres antes de que empezara la nueva. El sueldo que recibe en Lima no se compara con lo que puede llegar a ganar en México (1,000 dólares mensuales acá vs. 2,500 allá), pero “me mantengo en forma y gano algo de dinero por mientras”, alega. Dice que durante su carrera ha jugado en diferentes ligas en el mundo –desde las norteamericanas hasta las europeas– y que fue miembro de los espectaculares Harlem Globe Trotters en el 2001, con quienes recorrió gran parte de los Estados Unidos.
Su infancia fue dura. A su padre no lo conoció, su madre lo tuvo a los 15 años y él, exactamente a esa edad, dejó su casa para vivir en las calles de Brooklin, en Nueva York. “En algunas ocasiones dormí en el Central Park; en otras, conseguía quedarme en casa de amigos que me prestaban un sillón”, cuenta el basquetbolista. No tuvo un padre, pero sí un entrenador, quien le prometió conseguirle una beca universitaria si jugaba en el equipo de secundaria.
Dice que durante el último año solo perdieron un partido contra un equipo conformado por Samaki Walker, Jimmy Jackson, Deprice Owens y Bill Robertson; hoy, todos jugadores de la NBA. “Soy el primero en mi familia en haber ido a la universidad. Tengo un grado major en Negocios Internacionales y Sistemas”, finaliza.

NO MÁS PRIMERA
“Me atienden de maravilla”, dice el argentino de 38 años que juega en la tercera división del básquet de su país y que se encuentra hospedado en la casa de “Nono” La Rosa, cuyos hijos –Martín, Daniel y Nicolás– lo han admitido como un hermano más y comparten la mesa en cada comida, además de horas extraoficiales de entrenamiento, porque todos son basquetbolistas.
Mide 1.90 metros, pesa 94 kilos y cuando tenía solo 18 años debutó en la primera división del básquet argentino donde fue escogido para participar en el “Juego de las estrellas” –una selección hecha por el público donde se reúne a los mejores cuarenta jugadores de la liga– hasta en cuatro ocasiones.
“La liga argentina es la más competitiva de Sudamérica y probablemente la mejor después de la norteamericana y las europeas”, aclara Bertramella. En su país es obligatorio que todos los equipos tengan al menos dos extranjeros, lo que ha generado que los jugadores locales aprendan otros estilos y mejoren su calidad de juego. “En Europa hay más de cien jugadores argentinos. En los Estados Unidos, unos siete”, finaliza.
Pero, para él, la primera división acabó en el 2006, cuando jugaba por Argentinos de Junín. “Las barras bravas no son exclusivas del fútbol. En Junín, unos hinchas se metieron a mi casa cuando mi mujer, embarazada, estaba ahí. Perdió el bebé debido a la tensión”, cuenta. “Era un equipo que se había hecho para campeonar en la división uno, con un presupuesto de 2.5 millones de pesos, y en ese momento era el mejor equipo de la liga. Los partidos se jugaban con más de 300 espectadores. En el último partido, mi señora fue con un cuchillo para protegerse. Faltaban dos meses para que acabe el campeonato, pero ese día salí y nunca más regresé”, termina Bertramella.

LA SEGUNDA OPORTUNIDAD
Andrew Foster jugó básquet desde su infancia, primero en las canchas de Nueva York, y luego, en Alberta, Canadá, adonde se mudó con su familia cuando era todavía adolescente. Pero la historia de Foster es distinta a la del resto. Él no llegó al Perú con un contrato para jugar básquet bajo el brazo. Él, sencillamente, tomó una mala decisión, que dos años atrás parecía buena: venir al Perú para llevar cocaína en el estómago de vuelta a Canadá. Su amigo Mark fue el encargado de hacer los contactos y recoger la mercancía para que luego la ingiriera en el hotel, pastilla por pastilla, antes de tomar el taxi que los llevaría al aeropuerto.
Y parados en la calle, con las maletas en la vereda, Mark se empezó a sentir mal. Empezó a sentir retortijones en el estómago y el evidente malestar hizo que el rumbo del taxi cambiara del aeropuerto al hospital. “Murió frente a mí”, cuenta Foster mirando hacia el suelo. “Tuve que contarle a la Policía lo que sucedía y después de 15 días ya estaba encerrado en un penal de Lima y condenado a 6 años y 8 meses de prisión”.
Había llegado por primera vez a Sudamérica, no sabía hablar castellano, no tenía a nadie y estaba en prisión. Consiguió hablar con la psicóloga del centro penitenciario, quien le recomendó dos cosas: fabricar un tablero de básquet −para hacer más digeribles sus días en prisión− y pedir indulto, una figura legal que, con buen comportamiento y un poco de suerte, podía reducir su pena.
E hizo las dos cosas. Fabricó tableros y mandó a comprar pelotas con las que se empezaron a jugar partidos en el interior de la prisión, con internos de 63 nacionalidades distintas; algunos, presos por la misma razón. Y para suerte suya, dos años después, el día de su santo −el 1º de setiembre−, el presidente Alan García le otorgó el indulto y quedó libre. “Fue como nacer de nuevo. Tomé una mala decisión, pero creo que todos merecemos una nueva oportunidad, y el Señor (Dios) me la ha dado”, cuenta Foster.
Andrew obtuvo libertad condicional, pero no podía trabajar y tenía que sobrevivir del dinero que su familia le enviaba desde Canadá. Caminó por el Callao buscando hoteles para pasar la noche, pero tenía serias dificultades. “Parece que un hombre grande y moreno inspira miedo en Lima. Me fue difícil encontrar un lugar porque asustaba un poco a la gente”, cuenta Foster.
Con sus casi dos metros de estatura y dreads en la cabeza, deambuló por la ciudad hasta que un día, en Miraflores, vio un anuncio de la Escuela de Básquet Raúl Duarte −miembro del equipo olímpico de 1964 y hermano del scorer Ricardo Duarte−, y sin nada que perder, se presentó para ver si podía ayudar de alguna forma. Ese día se convirtió en un asistente de la escuela hasta que, por intermedio del entrenador Óscar Vila, consiguió probarse en el Real Amistad, donde logró un puesto en el equipo titular.
El Real Amistad terminó en el último lugar y el próximo año jugará en una división inferior. Sin embargo, Foster, quien abandonó la posibilidad de jugar profesionalmente debido a la rotura de tobillos luego de terminar el colegio, hoy tiene ofertas de tres equipos en Lima para permanecer en la división Superior Varones. Las ofertas, que incluyen un contrato, le permitirán a Andrew conseguir una visa de trabajo y empezar a generar dinero por su cuenta, cosa que hasta el día de hoy no puede hacer. Sin embargo, lo más importante es que podrá continuar su vida evitando los errores y aprovechar, sobre todo, su segunda oportunidad.

Por Diego Oliver. Fotos de Joshua Kristal.

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